lunes, 5 de mayo de 2014

El devenir cósmico inspirado por los Talking Heads y Arcade Fire

Era alrededor de la quincuagésima vez que escuchaba el Reflektor de Arcade Fire cuando al llegar a “Here Comes The Night Time”, entre esos versos que aluden a la postura anti-melódica del Paraíso, mi cabeza de radio se transportó hacia los vestigios del pasado, donde los sonidos de la tradición impuesta por una pequeña banda conocida como los Talking Heads comenzó a irrumpir obsesivamente, en una cuestión que a mi parecer era obvia: the Heavens. El concepto de la existencia de un Cielo y su relación con la música es una dualidad bastante natural, creo yo y nada exclusiva a ambas bandas, es decir, no hay artista, cantante, músico, agrupación o poeta-wannabe que no tenga una canción, pieza o poema en la cual no utilice, profundice, defina, analice, interprete el concepto de Cielo/Paraíso como lugar, estado, tiempo o adjetivo. Y realmente aquí la canción de Arcade Fire me permitió posicionarla como escusa para hablar de la otra.

La primera vez que escuché “Heaven” fue en el Stop Making Sense (1984) de Jonathan Demme, al cual podríamos quizá catalogar dentro del género rockumental con estructura narrativa; la canción interpretada durante la presentación, montada sobre la austeridad de un escenario desnudo, no es más que una mera analogía de la misma canción que están interpretando, a partir de la cual, el escenario y la imaginería conceptual del proyecto comienza a construirse sobre sí misma: Heaven, Heaven is a place, a place where nothing, nothing ever happens. En síntesis, es una canción a la cual podríamos definir como bellísima y no decir nada más sobre ella. La segunda experiencia que tuve de ella, fue cuando por fin obtuve el Fear of Music y escuché el álbum cuantas veces tuve que escucharlo para así rectificar uno de mis más grandes errores en la vida: el haber desechado este tipo de música porque era muy joven y muy estúpida para disfrutarla, y/o entenderla. Pero más vale tarde que muerta, pienso, por lo que me lo he escuchado una vez, dos veces, tres, cinco, diez. Si fuese una obra literaria, según su orden, diría que es hacia el final del tercer acto en el disco, cuando se materializa el paraíso: una representación del más allá entre bajeos, riffs, sintes, un tranquilo y deleitable sincopado, y la voz de Byrne multiplicado a través de los ecos recordando la construcción acústica de la nave de una catedral: It's hard to imagine, that nothing at all could be so exciting, could be this much fun. Dentro de un complejo álbum repleto de fobias en donde el aire mata, los animales nos odian y la vida, bien acertado está, se desarrolla en medio de guerras, “Heaven” presta la oportunidad para dar pausa y camino a los guiños cínicos que brotan desde la honestidad y se constituyen en la sencillez: armonía y simetría. En mi imaginario, el Paraíso se erige como un cavernoso bar de paredes de madera y luces neón, sillas desperdigadas sobre la duela apolillada, misma que alberga su buena ración de colillas de cigarrillos y manchas de cerveza, al final del cual la banda de San Pedro toca insistentemente canciones del agrado de todos los presentes: Everyone is trying to get to the bar / The name of the bar, the bar is called Heaven / The band in Heaven, they play my favorite song / Play it once again, play it all night long. Mi prosaica fantasía no me revela una mala manera de pasar la eternidad, por lo que quizá es bueno que sea fumadora –a medias, ya que estoy en proceso dejar el vicio… repito, proceso. Aunque tomado desde una perspectiva en la cual el Cielo es un estado en el cosmos y el cosmos es el estado infinito, pues mi fantasía realmente se reduce a un pensamiento estúpido resultado del daydream cualquiera, quizá motivado por el hecho de que ha pasado tanto tiempo en el que he visitado alguna de esas cavernas olorosas y apretujadas.

Tras divagar un momento, retorno a los Heads y Byrne, especialmente, quien propone esta visión de la trascendencia del yo y el nosotros al más allá con la virtud musical. En su How Music Works, dedica todo un capítulo (Harmonia Mundi) a una especie de temática filosófica al por qué y para qué de la música, remontándose tan al pasado que llega hasta el “En el principio era el caos…”, no en un sentido bíblico sino de génesis cósmico o algo así. No se propone convencernos sobre la existencia de un Dios o un Ente a partir del cual se genera todo lo demás, sino que realiza una bella estructura (poética, incluso) sobre el universo a partir de un sólo lenguaje, el musical. Dirán algunos que las matemáticas son el lenguaje universal por antonomasia, sin embargo, Byrne argumenta que incluso en el aspecto científico, cualquier número, fórmula, teoría, o hipótesis, deriva en alguna forma de escala tonal o nota, resultando, consecuentemente, en la música. Veamos el aspecto astrofísico del asunto con el cual argumenta: "NASA recorded inaudible electromagnetic signals -not even what we would call sound waves- as the probes Voyager and Cassini passed by a number of planets. Then these signals were processed and converted into sonic vibrations that fell within range of human hearing [...] Not surprisingly, these notes, as Pythagoras conceived them, produced the most divine harmony imaginable -a great cosmic chord that created us and everything else. The sound was so perfect, he said, that ordinary people like you and me couldn't hear it [...] According to St. Augustine, all men would hear this sound just before they died, at which point the secret of the cosmos would be revealed -which is very exciting, although just a little late to be of much use. This secret was passed down through the ages, from prophet to prophet, although at some point, according to Renaissance philosophers, it was lost. Oops.” La música es el orden en el caos, incluso aún cuando el caos mismo puede ser orden, la melodía de los mundos, Music of the Spheres, etc.; incluso en las melodías más atonales encontramos ese sentido de orden a pesar de su parecer caótico, tan sólo hay que recurrir a piezas de Schoenberg, Stockhausen o Pendereki, entre otros.  Adam y Eve, dialogan en que allá arriba, en algún planeta a millones de años luz, hay en una estrella, una roca enorme como diamante que emite la más bella melodía. Ahora díganme que eso no es un escenario digno del Paraíso.

Lo que ha derivado en toda esta explosión verborréica sobre música y celestialidad cósmica, fue el sencillo e inocuo acto de haber escuchado “Here Comes The Night Time” y haber hecho esa relación con los Talking Heads. Mi emoción se limitaba solamente a esa comparación entre que esta canción hablaba sobre el Cielo al igual que aquella de los Heads, con la diferencia de que en la visión celestial de Arcade Fire, no se permite la música. Win Butler y compañía reconstruyen el espacio a partir de la prohibición rítmica, misma que, ahora que la vuelvo a escuchar dentro de su mismo contexto inmediato (la canción) y el no inmediato (el disco), ya puedo interpretarla como un acto que manifiesta descontento, satirizándolo hacia un final que representa el absoluto éxtasis de la música: They say Heaven’s a place, yeah, Heaven’s a place and they know where it is / But you know where it is? / It’s behind a gate, they won’t let you in / When they hear the beat coming from the street, they lock the door / If there’s no music up in Heaven, then what’s it for? Simples y sencillos versos que conforman el interludio de la canción, con un down-tempo contrapuesto al explosivo ritmo carnavalesco/samba/batucada -o alguna combinación semejante-, materializando una irritabilidad ante la imposición de la moralidad, en el que las pasiones humanas se magnifican ante el baile y la música. Tomémoslo como la sátira que es: When I hear the beat, my spirit’s on like a live wire […] When you look in the sky, just try looking inside, God knows what you might find. El disco presenta una especie de leit-motif mitológico -Orfeo y Eurídice por todos lados- y la relación del baile, la música, las jerarquías pasionales y el Paraíso es culpa del Orfeo Negro de Marcel Camus. Sin embargo, sátiras fuera, la figura de Orfeo termina por cimentar todo este encaprichamiento que he venido escribiendo, pues este hijo de Eagro y Calíope (una musa), instruido en la música por Apolo (el sol) quien le presentó como regalo su lira, misma que terminó siendo posicionada entre las estrellas por las musas después de su muerte, vuelve a aventar la mirada sobre el universo y el origen de la música. Ese Paraíso, ese estado Celestial… ese lugar al cual todos queremos ir, donde tocan nuestra canción favorita.

Escribiendo y releyendo todo este viaje cósmico, musical y verbal, regreso a la Tierra y al génesis de todo ello; limpio la sangre que he sudado por los poros de mi cabeza y me concentro en dejar que mi contemplación y veneración por la música sea lo que vaya construyendo mi casa en el Paraíso, ahí en seguida del bar, para poder escuchar siempre mi "favorite song". 


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